Mi amiga japonesa
Y así, sin saber cómo, mi padre entró con una japonesa de 13 años por la puerta de casa.
Mi madre, mi hermano y yo nos quedamos absortos durante un buen rato. La japonesa nos miraba como quien acaba de entrar en un bar de carretera y todo el mundo se gira para mirar al forastero.
—Pero, Manel ¿qué haces con una niña japonesa? ¿En qué lío te has metido ahora? —pudo preguntar al fin, cuando volvió en sí.
—Montserrat, todo tiene una explicación. Mira, ella es Kyoko. Es de la federación de deporte de Japón. Creo que de natación. Resulta que debía venir con sus padres, pero por alguna razón no los han dejado subir al avión. El instructor, el JoseCarlos del que siempre te hablo, se pensaba que podría entrar en el hotel sin problemas, pero resulta que al ser menor de edad si no va con sus padres, no se quieren hacer responsables. Así que…
—Así que te la has llevado tú—. Mi madre rebajó el tono al ver la cara de la niña y luego se dirigió a ella, —¿qué tienes hambre? —gritó a sílabas.
—Montse, que es japonesa, no sorda —dijo mi padre—. Me la he llevado por pena y porque he pensado que como Rosa (yo) tiene su misma edad, pues podrían hacerse amigas.
Todos me miraron y sonreí. Me levanté del sofá, me acerqué a ella y cogiéndola de la mano, me la llevé a la habitación.
Ni ella sabía español, ni yo japonés. Pero estuvimos mirando mis pósteres, mis cassettes y escuchando música hasta que mi madre nos llamó para cenar.
—Rosa, no la atosigues mucho a la Kyoko que mañana tiene entreno a las cinco de la mañana. Su instructor ha sido muy claro conmigo. No puede llegar ni un minuto tarde.
—Ay, Manel. Que solo eres voluntario y ya haces más que los que cobran —renegaba mi madre.
Cenamos hablando de todo un poco, hasta que Kyoko dijo algo.
—Birai —se aclaró la voz y volvió a intentarlo—, birthday.
—¿Qué ha dicho?
—Beber, ponle más agua, dijo mi hermano.
—No, hombre. ¿QUÉ-HAS-DICHO?
—No gritéis. Ha dicho que es su cumpleaños —dije yo. Lo intuí aun el poco inglés que sabía por entonces. Esa era una palabra básica.
Juntos empezamos a cantar el “Cumpleaños feliz” y luego mi madre sacó una barra de nata del congelador y le hicimos soplar una vela. No sabíamos cuántos años cumplía. Me levanté
para ir a mi habitación, envolví un muñeco del Cobi que me había comprado mi padre y se lo regalé. Ella nos sonrió sonrojándose.
Cuando su familia llegó, ella ya se fue con ellos. Sin embargo, acompañaba a mi padre a los entrenos para poder saludarla y así entablamos una amistad sencilla, sin ningún objetivo más que conocernos.
Seis días más tarde, Kyoko ganó el oro en natación modalidad 200 metros braza femenino, siendo la deportista más joven en ganarlo. Mi madre decía que era gracias a nosotros y a su tortilla de patata. Pero yo sabía que era por el Cobi que le regalé.
PD: A veces cuando hacemos una videollamada me lo enseña en agradecimiento a ese día.
FIN
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