Todo empezó con un muñeco
Mi primo tiene la culpa de todo.
Un día compró un arsenal de muñecos y artículos de Cobi. Sí, el Cobi de las Olimpiadas de Barcelona 92. Aquella mascota con cara de perro que algunos recordaréis con cariño y los más jóvenes seguramente tendréis que buscar en Google.
La cuestión es que empezó a venderlos en su web NostalgiaBarcelona y un buen día me pidió que escribiera una historia bonita para acompañar los pedidos como detalle para los clientes.
Una historia. Solo una.
Y yo, que tengo facilidad para complicarme la vida, me puse a escribir. Algo en mí, oculto y dormido, se despertó. Y de pronto dejé de pensar en Cobi y me vi a mí mismo, con diez años, yendo de camino a Barcelona junto con mis amigos de clase.
Para un niño de Lleida, por aquel entonces, ir a Barcelona era lo más parecido a viajar a Nueva York. No exagero. Bueno, quizás un poco, pero así lo sentía.
Barcelona era enorme. Tenía edificios altísimos, calles abarrotadas de coches y mucha gente de todos los tipos. Todo parecía más grande, más moderno y, sobre todo, más importante.
Las noches antes de la excursión ninguno de nosotros dormía, ansiosos por ver qué nos depararía ir a Barcelona. Incluso me acuerdo de que un amigo traía un casete en el que su padre le había grabado canciones sobre Barcelona que el chófer accedió a poner.
Era la Barcelona que estaba a punto de comerse el mundo.
Y entonces llegaron los Juegos Olímpicos.
Cobi aparecía por todas partes. En la televisión, en los cómics, en los pins, en las camisetas. Yo veía sus dibujos animados y leía sus aventuras. No era simplemente una mascota. Para mis amigos, era nuestra mascota.
Recuerdo especialmente esa sensación de que algo extraordinario estaba sucediendo muy cerca de nosotros. Quizás no entendiéramos de transformaciones urbanísticas ni de lo que las Olimpiadas llevarían consigo, pero sí entendíamos que nuestra capital estaba siendo observada por el mundo entero.
Y eso nos hacía sentir importantes. Creo que esa es la palabra que mejor lo define.
Han pasado más de treinta años. Y cuando voy a Barcelona, me cuesta encontrar aquella sensación. La ciudad sigue siendo hermosa, pero ya no la miro con los mismos ojos. Hay cosas que me entristecen, otras que no entiendo y algunas que me enfadan. Esa Barcelona que quería comerse el mundo parece que se empachó.
El caso es que, mientras escribía aquella historia para mi primo, ocurrió algo que no esperaba: volví a tener diez años.
Volví a sentarme delante del televisor para ver la inauguración. Volví a escuchar aquellas canciones. Volví a emocionarme con la flecha encendida cruzando el estadio y a sentir que mi vello se erizaba.
Y de pronto, empezaron a aparecer historias.
La de un taxista que llevaba un Cobi colgado del retrovisor. La de una familia que quiso grabar la inauguración y terminó grabándose a sí misma. La de un voluntario que perdió una entrada por amor. La de un abuelo que quiso enseñar a su nieto que estaba viviendo un momento histórico.
Historias inventadas, claro. Pero hechas a partir de recuerdos.
Cuando terminé la primera, se me ocurrió otra. Y después otras dos más. Hasta que me encontré con diez historias sobre una época que creía tener olvidada.
Quizás alguien conserva todavía un muñeco de Cobi en un cajón. Una entrada arrugada colgada en el corcho con una chincheta. Una cinta VHS que hace treinta años que nadie reproduce. O simplemente un recuerdo que aparece de vez en cuando, cuando suena una canción.
Y decidí compartir las historias.
Así nació El muñeco que cambió una ciudad, una pequeña colección de historias que podéis leer y descargar gratuitamente. También he abierto un espacio para que cualquiera pueda enviarme sus recuerdos de aquellos años. Quizás alguno termine convirtiéndose en otra historia.
No pretendo explicar cómo fueron las Olimpiadas. Para eso ya hay libros mucho mejores. Solo quiero recordar cómo las vivimos.
Porque quizás Barcelona ya no sea aquella ciudad que me dejaba con la boca abierta al bajar del autocar. Pero mientras escribía estas historias, durante unas cuantas tardes, volvió a serlo.
Y todo gracias a mi primo.
Él solo quería una historia para meter junto a un muñeco en una caja.
Yo terminé abriendo una que llevaba más de treinta años cerrada.