La flecha que encendió mi corazón
Si tuviera que elegir un recuerdo de mi infancia, date por seguro de que elegiría el día que mi abuelo encendió mi corazón.
Lo recuerdo como si fuera ayer por la tarde. Por entonces, a mí las Olimpiadas, pues ni fu ni fa, la verdad. Era pequeño, debía de tener once o doce años y solo me importaba salir a la calle con mis amigos y patear el balón de mi primo Fernando hasta que nos llamaran para comer.
Siempre íbamos a la calle Torrent de l’Olla o a la plaza de la Virreina, que eran más frescas que nuestras casas. Esa noche habíamos quedado para jugar después de cenar. En las casas, el calor sofocante de la noche era insoportable.
Llegué, me zampé de un mordisco el bocadillo que había preparado mi madre y cuando creía que podría volver a salir, la mano de mi abuelo se posó en mi hombro.
—¿Dónde crees que vas, David? —me preguntó sorprendido.
—He quedado con Fernando y… —Titubeé un poco antes de continuar, pero al ver su cara preferí callar de inmediato. Mi abuelo no levantaba la voz. No le hacía falta, sabía hacerse respetar. Su voz grave, su olor a Varón Dandy y sus ojos azules como el cielo ayudaban.
—Hoy es la inauguración. Dentro de un tiempo me lo agradecerás.
Y cogiéndome de la mano me llevó a su lado y nos sentamos en el sofá. Intenté varias veces decirle que había quedado, que mis amigos me esperaban. Sin embargo, siempre obtenía la misma respuesta.
En la televisión aparecieron los Juegos Olímpicos y entonces se hizo un silencio hipnótico. Sin parpadear me quedé mirando el televisor. Una escena nos cautivó de tal manera que parecíamos estar atrapados.
El momento se hizo tan perfecto que parecía una ceremonia privada. La televisión brillaba como un altar. Y entonces llegó el momento: la flecha subiendo despacio, el fuego esperando, el estadio conteniendo el aliento y yo con los puños apretados sin saber por qué. Yo no entendía ese porqué; entendía que el mundo entero estaba mirando lo mismo que yo.
Mi abuelo, que nunca se emocionaba, murmuró: “Eso es historia”. Y luego, como si le diera vergüenza, se levantó a por agua. Volvió secándose los ojos disimuladamente y se quedó de pie detrás del sofá, quieto, mirando el pebetero encendido como si confirmara algo íntimo: que por una vez, todo había salido bien.
Cuando murió, años más tarde, encontré en un cajón una postal del Estadi Olímpic. Detrás con su letra se podía leer: “El día de la flecha, Barcelona se hizo grande”. La guardó junto a un llavero de Cobi y un pin de Barcelona 92. Guardó esos tesoros como se guardan las cosas que no se pueden repetir.
PD: Mis amigos esa noche tampoco salieron a jugar al balón.
FIN
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