HISTORIA 03
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El Cobi de la suerte

Amuleto de taxiUn muñeco descolorido colgó durante años del retrovisor de un taxi. Su dueño estaba convencido de que le daba suerte.

Hoy he comprado un muñeco del Cobi por Internet. Sí en pleno 2025. Te preguntarás ¿para qué? Pues para dejarlo en un ataud.

Ayer murió mi tío Fermín. Era taxista en Barcelona. Sí, era de esos de la vieja escuela. Funda protectora de bolas de madera, radio Teletaxi, ambientador de pino y un Cobi de peluche colgando del retrovisor central. El muñeco estaba descolorido, erosionado por el paso del tiempo, de los aires acondicionados y del humo de la ciudad. Pero a pesar de todo, no había perdido esa sonrisa burlona que Mariscal diseñó.

Muchas veces mi tía insinuaba tirarlo a la basura, y en algún cumpleaños incluso le regalamos unos dados de peluche o un Elvis para suplantar a su Cobi. Pero él, con la misma parsimonia que lo definía, nos negaba con la cabeza y decía la misma frase de la que todos nos reíamos —no, que me da suerte. Desde que lo he puesto que tengo mejores carreras: famosos, futbolistas y familias. Y además no me han rayado el coche.

Incluso se había apoderado del símbolo con la mano para hacer el Cobi (índice y meñique levantados para hacer las orejas y el pulgar la nariz) cuando nos quería decir que ese día le había dado suerte.

—¡Hoy dos Cobis! Un futbolista al aeropuerto y el del telenotícies Vespre. ¡Si es que lo peto!

Pero un día, sin previo aviso, el Cobi ya no estaba allí. El salpicadero lucía vacío y nada colgaba del retrovisor central.

—Pero y el ¿Cobi? —preguntamos asombrados de creer que pudiera haber tirado su más preciado amuleto.

—Lo he regalado.

—¿Cómo? —exclamamos todos al unísono.

—Ayer por la tarde noche recogí a una chica en el aeropuerto. Era americana e iba sola. Solo sentarse al taxi, me enseñó en su móvil un hotel. Conduje con el silencio de la noche, sin música. Había algo extraño en ella. Algo no iba bien.

De repente, entramos en el meollo de Barcelona y empecé a oír un leve gimoteo. Miré por el retrovisor y estaba llorando. Al descubrir mi mirada no intentó ni disimular. Todo lo contrario, sus llantos se intensificaron y los gimoteos me obligaron a parar en un arcén. Puse los cuatro intermitentes y me giré para ayudarla ofreciéndole un pañuelo.

Ella empezó a hablar en un idioma que desconocía. No era drama de película: era cansancio, soledad, una llamada que no llegaba quizás. Los llantos se mezclaban con las palabras y sin llegar ni siquiera a pensarlo, me giré, desabroché el Cobi y se lo regalé. Ella lo estrujó entre sus brazos sin pensarlo, apagando el llanto.

Continuamos en silencio hasta el hotel. Pensé más de una vez en pedírselo de vuelta, pero creo que el Cobi de la suerte quería cambiar de amo. Ella me pagó más con su sonrisa de agradecimiento que con el dinero de la carrera y se marchó.

Hoy le he puesto el Cobi en su ataúd, para que tenga suerte allá a donde vaya.

FIN

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