La promesa y Peret
Gracias, mamá, por enseñarme tanto diciendo tan poco.
La tarde que mi madre me llevó a Montjuïc hacía tanto calor que las chicharras gritaban sin descanso. Era puro agosto y subimos hacia el Mirador de Migdia escondíendonos entre la tímida sombra que esos pinos nos ofrecían.
Yo tenía miedo por ella. Estaba muy enferma y aun así insistió en que fuéramos las dos a solas. Ella iba parando, bebíamos agua en cada refugio de sombra y seguíamos avanzando mientras yo seguía quejándome, como si el hecho de protestar pudiera hacerla cambiar de opinión.
—¿Por qué tenemos que subir hasta aquí? ¿No podemos hacerlo otro día?
Se detuvo. Me miró con una seriedad que desconocía.
—No. Tiene que ser hoy. Otro día yo no estaré.
Los ojos se me humedecieron al pensar en sus palabras. Entonces era joven y aún no sabía lo duele aprender ciertas verdades. Mis hermanos pequeños los dejamos con mi padre. Él insistió en llevarnos en la furgoneta, en que era un suicidio subir con ese calor, pero mi madre era tan terca que sus palabras rebotaron contra las paredes del comedor, incapaces de seguirnos.
Desde lo alto, Barcelona parecía otra ciudad: más tranquila, más bonita. Como si se hubiera preparado para nosotras. Respiramos hondo. Olía a pinos y a mar.
Me abrazó y empezó a tararear, casi sin voz, una canción que sonaba en todas partes aquel verano: “Barcelona es poderosa, Barcelona tiene poder”.
Yo no entendía nada. Esperaba una explicación, una despedida solemne, algo que pudiera guardar con palabras. Pero no llegaba.
Nos quedamos sentadas en silencio hasta que señaló el anillo olímpico, reluciente bajo el sol abrasador. Luego el estadio, la villa y hasta esa figura del Cobi de la entrada.
—Acuérdate de esto —dijo— cuando creas que aquí no pasa nada.
Pensé que exageraba como para parecer importante. Pero la frase se me quedó pegada al cuerpo, como mi camiseta empapada en sudor. Años después entendí que no hablaba de los Juegos, ni de una ciudad; hablaba del momento en que alguien se atreve a cambiar, aun teniendo miedo. Es valiente y poderosa.
Ahora, vuelvo a ese mismo lugar cuando la vida me pesa demasiado. Cuando pienso que ya no se puede vivir aquí, que no se puede crecer, que nos la han cambiado. A veces me descubro diciendo en voz alta que me quiero ir. Y lo digo de verdad.
Pero entonces recuerdo a mi madre subiendo despacio, terca, pero parándose en cada sombra, empeñada en llegar arriba aun sabiendo que quizás no habría otro día. Recuerdo
el anillo olímpico, la canción, una ciudad que un día también estuvo cansada, herida, llena de dudas… y aun así cambió.
Ella no me enseñó a quedarme por costumbre o por obligación. Me enseñó a quedarme cuando quedarse es un acto de amor. A apoyar el cambio incluso cuando da miedo. Me enseñó a no confundir huir con salvarse.
Barcelona ya fue valiente una vez. Se atrevió a ser otra. Y si entonces pudo cambiarlo todo, ahora también puede. Yo no me quedo porque NO tenga fuerzas para irme. Me quedo porque alguien, hace muchos años, me enseñó que la esperanza no es esperar sentada, sino empujar hacia adelante.
Y mientras quede gente que la quiera así —con rabia, con memoria y con ganas de futuro—, esta ciudad todavía puede volver a ser poderosa.
FIN
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