HISTORIA 10
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El cofre de las cosas que no se tiran

CofreUn cofre olvidado durante cinco años guardaba entradas, una postal doblada y un pequeño muñeco al que le faltaba una oreja.

Finalmente nos mudamos de piso. Nuestro sueño era poder salir de ese cuchitril. Un piso de cincuenta metros cuadrados, con una habitación que hacía las funciones de despacho de mi marido, cuarto de plancha y habitación de Bernat, nuestro hijo.

Preparando la mudanza, embalamos todas las cajas sin pensar mucho. El piso nuevo era espacioso y ya tendríamos tiempo de abrir todas las cajas y decidir qué nos quedaríamos y qué no.

Pero, como siempre pasa, se abrieron las cajas más urgentes y dejamos cuatro para una de esas tardes que crees que algún día llegarán. Pues bien, la verdad es que tardó cinco años en llegar esa tarde.

Llovía a cántaros. La televisión no era una solución y ya habíamos leído, jugado al parchís y no sabíamos qué hacer. Para ser sinceros, es que ya me había acostumbrado a ver esas cajas y ya ni me molestaban. Así que cuando Bernat dijo:

—Mamá, ¿y si miramos las cajas que hay sobre mi armario? —. Me hizo arrugar la nariz. «Pereza. Pereza es lo que hay», pensé.

Sin embargo, hice de tripas corazón y me levanté. Abrimos la primera y encontramos libros de mi marido, apuntes de mi carrera y documentos varios.

—Deja esta caja para papá, Bernat —le dije.

La segunda estaba llena de ropa y zapatos que nunca más me pondría. «Qué rabia no poder tener otra vez veinte años ni el cuerpo de esa época».

—Cierra, que me deprimo —le dije a Bernat, que me miraba como quien no entiende el porqué—. “Quizás pueda sacar unos euros en Wallapop”, pensé.

Pero entonces, en la tercera caja, descubrimos el cofre de las cosas que no se tiran. O, como lo describiría mi marido: los recuerdos que nos definen.

Al abrir la tapa nos saludó un olor que me devolvió de inmediato a mi infancia. Un aroma a papel viejo, a verano y a sal.

Dentro había unas entradas viejas de cuando empezamos a salir, unos recortes, una postal doblada de los Juegos Olímpicos y un Cobi pequeño que había perdido una oreja.

—¿Qué es esto? —preguntó Bernat con los ojos abiertos de par en par.

—Cobi, la mascota de los Juegos Olímpicos del 92.

Intenté explicarle lo que había sido, cómo había sido, pero las palabras se me quedaron cortas. Los recuerdos venían a mi mente como si yo también hubiera abierto la caja mental de esa época: mis amigas, el bullicio de aquel verano, Montjuïc.

Al día siguiente, nos fuimos todos a pasear por la ciudad. Le enseñé el estadio, le conté lo de la flecha, le hablé de los voluntarios y de las canciones que la gente aún tararea sin darse cuenta.

Nos sentamos en una cafetería y Bernat sacó a Cobi de su bolsillo. Lo miró detenidamente unos segundos y dijo:

—Vale, ya entiendo por qué no lo habéis tirado.

En la radio empezó a sonar Amigos para siempre, de Los Manolos, y mi marido y yo nos miramos con lágrimas en los ojos por haber presenciado esa hermosa sincronicidad del destino.

FIN

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