El día que el estudio estalló de emoción
No recuerdo un día como ese en Barcelona.
Por entonces trabajaba en el despacho de Alfons Milà. Era jóven, obsesivo, lleno de planos y de dudas; igual que mis compañeros. Sabíamos que la ciudad se estaba jugando algo grande, pero nadie estaba preparado para lo que ocurrió aquel día de octubre de 1986.
Recuerdo estar en mi estudio discutiendo unas líneas cuando sonó un teléfono. Luego otro. Y de repente, alguien gritó desde la radio: “A la ville de Barcelona”.
La piel se me erizó. No hizo falta escuchar nada más. La ciudad había ganado.
Y digo ganado porque fue justo eso. No fue una elección administrativa o una selección a dedo. Fue una victoria emocional. Barcelona, por primera vez, no se conformaba. Barcelona se atrevía.
Salimos a la calle. Más que para celebrarlo, para comprobar que era verdad. Y lo era.
La gente se abrazaba sin conocerse. Las sonrisas se dibujaban en la cara contagiandola unos a otros. Los bares subían el volumen de las radios. Los coches tocaban el claxon sin prisa. Había una mágia extraña en el aire, como si todos supiéramos que algo acababa de empezar, aunque aún no supiéramos el qué.
Recuerdo que pensé, con una mezcla de vértigo y orgullo, —ahora no podemos fallar. Es nuestro momento.
Porque aquel “sí” no era solo para unos Juegos. Era para una ciudad cansada de arrastrar cicatrices. Y la mayor de todas estaba allí arriba, en Montjuïc.
El estadio llevaba décadas siendo eso: una cicatriz abierta, descuidada. Nacido para estrenarse en 1929 y pensado como promesa de modernidad, quedó atrapado en el tiempo. Le arrebataron el triunfo sin poder ser mártir de un fracaso. Fue un letargo triste y doloroso. Un edificio hermoso esperando una ciudad que aún no estaba preparada para él.
Durante años, el estadio miraba a Barcelona desde arriba sin que Barcelona se atreviera a mirarlo de frente. Como por vergüenza. Hasta aquel día.
Aquella tarde de octubre del 86 era la ilusión antes del miedo, antes de las obras, antes de los retrasos, antes de las noches sin dormir trabajando.
Aquel día Barcelona no se miraba al espejo para gustarse. Se miraba para reconocerse capaz de la hazaña para la que había sido elegida.
En el despacho, días después, empezamos a hablar del estadio. De conservar su fachada. De respetar su memoria. De no borrar su herida, todo lo contrario, darle sentido. No queríamos construir algo nuevo: queríamos despertar algo que llevaba dormido desde 1929.
Entonces alguien dijo en voz alta lo que todos pensábamos, —del 29 al 92. Los números se invierten—. Y con ellos, el destino de la ciudad.
Sesenta y tres años después, el estadio volvería a abrirse al mundo. Y esta vez no como promesa, sino como cumplimiento. Como si la ciudad entera hubiera estado conteniendo la respiración durante décadas y, por fin, pudiera soltar el aire.
Cuando en el 92 la flecha voló sobre el estadio y encendió el fuego, supe que habíamos cerrado el círculo. Pero lo que más recuerdo no es el fuego, es la sensación de que habíamos hecho un gran trabajo.
FIN
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