HISTORIA 07
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La chica por la que perdí una entrada

EntradaUna entrada para la inauguración se cambió, sin pensarlo demasiado, por el último muñeco nadador de una tienda.

—Ayer vi a Marta Amorós —le digo a Pedro. Él sin llegar a sorber el café, levanta la cabeza y me mira.

—¿La de las Olimpiadas? Joder, ¿aún sigue siendo tan guapa?

—Bueno, han pasado más de treinta años —digo yo, sincerándome—, pero sí, sigue igual de guapa.

Él se recuesta en la silla de la cafetería esperando más morbosa información y me suelta —bueno, ¿qué? ¿Y qué se cuenta? ¿O no te reconoció así sin pelo?

—No hablé con ella. Yo iba en bus y ella estaba sentada en la parada de Fontana.

—¿Me estás diciendo que te encuentras a tu amor perdido de tu juventud, la ves y no saltas del bus en marcha para recuperarla? Tío, tú estás mal de la cabeza.

Pedro sorbe el café y sigue mirándome esperando una explicación. Yo suspiro. Tiene razón el muy cabrón. Pero sigo siendo un cobarde. El cobarde que la perdió.

—Bueno. No te pases. Solo fue un amor de verano —digo yo para suavizar la culpa—. Al terminar las Olimpiadas, cada uno siguió a lo suyo.

—Que va. No te lo crees ni tú. Estuviste muy enamorado. Tardáste dos años en levantar cabeza.

Me ruborizo. Pedro me conoce demasiado.

—Pero ¿qué pasó entre vosotros? Después de treinta años, supongo que ahora me lo podrás explicar, ¿no?

—Supongo que algún día tenía que sacarlo de mi cabeza.

Me entra un escalofrío por la espalda. ¿Estaré preparado? Me pregunto. Debo soltarlo. Han pasado muchos años. Verla allí sentada esperando otro bus hizo que algo dormido en mí se despertara. Como un dragón que ha invernado treinta años y ahora se despierta con un hambre voraz.

—Yo era voluntario y esperaba a las deportistas de los otros países a que terminaran para indicarles el camino a los cambiadores. Era tarde y me quería ir a casa. Así que cuando terminaron empecé a cerrar las luces. Hasta que escuché un “espera, joder”.

Me giré y era ella. Estaba buceando y no me había dado cuenta que aún estaba allí. Me acerqué y le pedí disculpas. Ella salió y al quitarse el gorro hizo volar su larga melena y me mojó. Me lo tomé mal. Pensé, “esta tía”.

Ella me dijo —despierta que te duermes. ¿Haces algo ahora? Quiero saltarme la dieta y me apetece una pizza, pero si lo pido a mis amigos me dirán que estoy loca y que por lo poco que queda que aguante y todo el chaparrón…

Escuchaba sin escuchar. Solo podía fijarme en como escurría su pelo, sus senos y se envolvía como una sirena en esa toalla azul. Asentí como un bobo y esperé.

Los minutos se hicieron horas hasta que unos ecos en el pasillo me indicaron que venía alguien. Era ella, con su melena perfectamente seca, un jersey blanco y unos tejanos ajustados.

—¿Conóces alguna pizzeria cerca? Me apetece lo más guarro que exista.

Fue como un chispazo de luz. Un solo instante y ella ya estaba latiendo dentro de mí. Apodernándose de mi vacio corazón, arrasando con toda la lógica y barriendo la razón de un plumazo.

Fuímos a una pizzería que quedaba a dos manzanas. Hablamos de todo y de nada. Ella me contaba lo dura que era la vida de una deportista, pero que el sueño de poder competir en los Juegos Olímpicos de su ciudad natal era lo más grande que le había pasado.

Se guardaba el mechón de pelo tras la oreja, me sonreía con una mirada imposible de olvidar y devoraba esa pizza con delicadeza.

Sabía que era un espegismo. Sabía que dentro de unas horas ella ya no se acordaría de mí. Que solo había sido su vela para no estar sola ni sentirse culpable.

Pero al día siguiente, después del entreno me esperaba su sonriza y eso avivó la noche sin dormir que había pasado pensando en ella.

—No he podido dormir —me dijo.

—Yo tampoco —le contesté bobalicón, pensando que era por mí.

—No estoy acostumbrada a comer pizza. Me dolía la barriga a rabiar. Hoy ya estoy mejor. Deséame suerte.

—Suerte —conseguí decir viendo como se marchaba.

Esa tarde se me ocurrió la brillante idea de regalarle un Cobi nadador. No había ninguno en ningún lado. Se habían terminado. Me recorrí todas las tiendecitas y kioscos que conocía y nada. Perdida la esperanza, encontré el último ejemplar en la tienda de la piscina.

Me puse detrás de una mujer mayor que estaba comprando y al ver que cogía el último ejemplar le dije —perdone. Me gustaría comprarlo yo.

—Pues haber llegado antes —me contestó la muy mal educada.

—Es para regalarle a la chica que quiero.

Me miró de soslayo y me dijo —a las chicas se les regala flores.

—Le ofrezco mi entrada para la inauguración —dije sin pensar.

—¿Dijieste esto? Pero, ¿estás loco? —me dice Pedro cortándome.

—Lo dije sin pensar, ahora no lo haría. Era muy joven —digo yo disculpandome y prosigo antes que se le ocurra decirme algo más.

La mujer miró la entrada y me ofreció el muñeco. Lo envolví y esperé golpeándolo cada cinco minutos, para cerciorarme que aún lo tenía. Al salir, ella volvió a sonreirme y se paró a charlar.

—¿Cómo lo llevas? —le pregunté.

—Mal, las chinas van a tope y mentalmente esto duele.

—Bueno piensa en la pizza que sin culpa te podrás comer mientras compitas.

Ella sonrió y entonces le acerqué el regalo. Ella lo abrió y al verlo se le humedecieron los ojos. De un salto me abrazó y me dio un beso en la megilla.

Gracias fue lo último que me dijo. A partir de ese momento ya nunca la volví a ver hasta ayer.

—Ahora entiendo porque no podías hablarlo. Perder la entrada para la inauguración por una chica a la que conoces de hace nada —. Me mira como si le doliera más a él.

Me quedo en silencio mientras sorbo lo que me queda del café y sonrio al recordar que Marta seguía llevando el llavero del Cobi nadador colgado en su bolso esperando en Fontana.

FIN

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Comentarios de lectores

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És la vida! Potser hauria hagut de baixar de l’autobus. I potser s’hauria desencantat, o potser començaria la segona part de la història.

David · 11/10/2026
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