HISTORIA 06
← Todas las historias

El sol no reluce para todos igual

PinUn pin pasó de las manos de un niño a la solapa de un vecino que juraba odiar todo aquello.

Las Olimpiadas lo cambiaron todo, sí. Pero no todo el mundo estuvo de acuerdo. Y no estoy hablando de las personas a las que ya les gustaba la Barcelona gris y olvidada o vivían de ello. No. Estoy hablando de gente que tuvo que soportar las miles de obras, construcciones, retenciones y modificaciones para que la ciudad tuviera el brillo que tuvo en el 92.

Es el caso del señor José, el del tercero. Odiaba el cambio. El cambio de la ciudad que él sufría y del que no sacaría nada de provecho. Cada día, los improperios contra las Olimpiadas y la madre que las parió eran objeto de sonrisa durante la cena cuando él llegaba a casa tarde y cansado, cuando los camiones hacían demasiado ruido o levantaban demasiado polvo y le ensuciaban el coche.

Nunca estuvo dispuesto a aceptar que todo cambio implica un sufrimiento. El día que la gente celebraba la inauguración, él se sentó en el balcón con la puerta abierta para que pasara algo de aire. Su cara mostraba que eso no iba con él, aunque de alguna manera quería saber qué pasaba. La excusa era el fresco que corría si abría el balcón y la puerta.

Todas las televisiones del edificio tenían el mismo canal sintonizado para seguir el evento que culminaba con todos los años de ruidos, polvo y retenciones. La gente lo seguía a todo volumen y, José, el del tercero, también, aunque él nunca lo admitiera.

—¿Quiere subir, José, a ver la inauguración? —preguntó mi padre.

—¿La inauguración? Lo que tenéis que hacer es respetar a los que no queremos saber nada de las Olimpiadas ni de tanta tontería. Es como si todo el mundo se volviera loco solo porque cuatro pelagatos se van a correr. ¡Madre mía! Esto no lo pagaremos ni en toda la vida. ¡Y para una semana de lujuria!

—Venga, hombre. Anímese. Mi mujer ha hecho tarta de chocolate y tengo cerveza fresca en la nevera.

El hombre se lo pensó un momento. Su garganta saboreó la tarta antes de ni siquiera verla y finalmente dijo: —igual subo un rato, pero por la tarta, no por esta tontería.

José tardó lo que tarda uno en ir al baño y cambiarse la camiseta. Subió en silencio, y a pesar de que solo quería tarta y no hacía falta ni sentarse en el sofá, terminó con una cerveza fresca en la mano adelantándose para pronunciar el nombre del país de la bandera que salía por la televisión, como si de una competición se tratara.

Cada vez que alguien aplaudía, su mano se movía como si tuviera ganas y vergüenza a la vez. Mi hermana y yo intentábamos descubrir cuándo eso pasaba y nos reíamos a escondidas.

—¿Qué muñeco es este, Javi? —preguntó durante la publicidad al ver que sostenía un Cobi y jugaba con él.

—Es la mascota de las Olimpiadas. Creo que es un perro y se llama Cobi.

—Menuda chorrada.

—Pues para los críos, señor José —dijo mi padre—. Es bueno tener mascotas y así será la manera de recordar los Juegos Olímpicos de Barcelona para siempre.

—Lo recordaré toda mi vida. El polvo y el ruido, sobre todo.

Y, en el momento de la flecha, cuando la gente gritó como si el grito viniera desde el suelo de la ciudad, el señor José hizo algo que nadie esperaba: aplaudió. Dos veces. Rápido. Como si le diera miedo que se le notara.

Cuando la gente empezó a recogerse, yo me quedé el último. El señor José seguía allí, mirando al patio de luces como si no supiera volver a su casa. Me acerqué y, sin pensarlo demasiado, me quité el pin del Cobi que tenía en el jersey y se lo ofrecí.

—Tome. Para que se acuerde.

Me miró largo y lo cogió con una delicadeza que nunca le había visto.

—No soy de estas cosas —murmuró.

—Ya —le dije—. Pero hoy sí.

Años después, el señor José seguía luciendo el pin del Cobi que le regalé en la chaqueta. Nunca le dijimos nada al respecto. Todos sabíamos que ese día, el señor José había aprendido que todos los cambios son necesarios, aunque duelan.

FIN

TU HISTORIA TAMBIÉN IMPORTA

¿Tú también guardas algún recuerdo?

Una fotografía, un objeto, una noche concreta o una historia que todavía cuentas. Compártela conmigo.

Mandar mi recuerdo

CONVERSACIÓN

Comentarios de lectores

Los comentarios se revisan antes de publicarse.

Todavía no hay comentarios publicados.

←→