El VHS que no se grabó bien y nos encantó
La tecnología. Objetos innecesarios que nos aportan valor o placer. Que pueden capturar momentos y que, por su obsolescencia, puedes perder para siempre.
Mi padre era un friqui de la tecnología. Siempre lo fue. Si hoy fuera un adolescente seguramente estaría enganchado a todos los juegos de móvil o de consola, llevaría el último iPhone y estaría al tanto de las novedades de cada marca puntera. Sin embargo, eso sucedió en los noventa.
Mi padre fue de los que un viaje a Andorra, significaba ir a comprarse la nueva grabadora de vídeo y carretes para grabar toda la vida, porque, según él, eran mucho más baratos.
No, él no compraba azúcar, tabaco ni Toblerone. Él llegaba a casa con una sonrisa en la cara esperando quedarse solo para estudiar el nuevo aparato que se había comprado. Así ocurrió con el Discman, la grabadora de voz, que nunca usó; o la grabadora Grunding de vídeo que podía llegar a hacer zoom a un pelo del brazo de mi madre y mostrarla en la televisión al momento. Hasta que ella decía —Pedro, ¡vale ya! Vale ya, con tus aparatitos.
Esa tarde nos reunimos toda la familia para ver en directo la inauguración de los Juegos Olímpicos. Los retransmitían por la televisión y claro, mi padre los quería grabar, como no.
—Mari, ¿dónde están los VHS vírgenes que compramos? Quiero grabar la inauguración. Esto será histórico, nena. La podremos ver una y otra vez.
—Yo qué sé, Pedro. Seguramente en el cajón de abajo del vídeo.
—No, no están. —Se empezó a poner nervioso—. Eran nuevos. De color rojo.
—Los dejaste en la tienda porque digíste que ya teníamos.
—Yo nunca dije esto —se enfadó. Recapacitó al ver a mis abuelos y mis tíos en casa y aflojó el tono—. Bueno, pues tendremos que conformarnos con esperar a que lo repitan cuando quieran.
—¡Cuñao! ¿No digíste que la cámara podía grabar la televisión con un cable de no-sé-qué?
A mi padre se le iluminó la cara y empezó como un loco a buscar cables raros en el cajón de debajo del vídeo. Montó, probó. Volvió a montar, configuró hasta que se giró ante nosotros como un vencedor. Ni que hubiera sido el ganador de la medalla de oro.
—La cámara es tan buena que puede…
—Ya lo puede ser, ya —dijo mi madre mientras nos servía una limonada fresca—. Con lo que costó.
—... bueno, Mari. Pero mira ahora, la podremos usar como vídeo que grabará la televisión.
—¿Se nos escuchará a nosotros? —preguntó mi abuela.
—No. No digo que enfocaré la televisión y grabaré la pantalla. Estos cables recogerán lo que la televisión reproduzca y la cámara lo registrará en el cassette para que lo podamos ver. Tranquila, suegra que puede hablar lo que quiera.
Bien, pues no fue así.
La cámara nunca grabó el desfile, ni la flecha imposible. Tampoco la mascota Cobi ni los diferentes países portando sus banderas.
La cámara nos grabó a nosotros. Mis primos y yo sentados en el suelo comiendo palomitas. Mi abuela escarranchada detrás de nosotros. Mi abuelo saliendo a fumar y al volver decir: “¿por qué país van ahora?”. Porque sí, se escuchó y vio todo.
Se podría decir que quizás es la primera reacción grabada de la historia de la humanidad. Se oyen los “Calla, calla”, los “estate quieto”, los “trae más hielo que nos derretimos”. Se nos ve ilusionados, se nos ve alegrarnos. Saltando de alegría al salir los nuestros al campo. Se nos ve llorar de emoción al entrar la flecha y encender el pebetero.
Se ve a una familia de los 90 viviendo un acontecimiento histórico de su capital, Barcelona. Pero lo más importante, es que veo a mi familia y eso me ayuda a recordar los que ya no están pero un día fuimos.
PD: A mi padre se le recordó toda su vida el fallo y, en secreto, también se le agradeció.
FIN
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